El sol y la semana habían abandonado la ciudad entera, la oscuridad reinaba ahora y una necesidad de repugnarse por lo cotidiano pululaba en el aire. Aquella noche prometía sólo cosas extraordinarias y las anécdotas inundarían por borbotones las páginas de bohemios sedientos de frialdad noctámbula, el único alimento para sus plumas.
En este ambiente de seducción abrumadora, los valores y juicios internos salían sobrando. Él lo sabía muy bien, pero sus impulsos lo llevaban directo a aquello que era prohibido, era una sensación extraña en el pecho, fatiga inexplicable, falta de aire, cargas indiscriminadas de adrenalina y certeza en sus miradas. Sí, era un monje, pero antes de reafirmar sus ideales y creencias había sido un hombre también, un hombre que esa noche estaba más despierto que nunca.
Entró en un bar y pidió una caña, sentado en la barra clavó su vista en un acento de luz en el centro del lugar. Un pequeño tablao definía un área que estaba destinada al arte y la pasión, pero aunque el monje se encontraba en un rincón oscuro todas las miradas lo seguían a él, era una estampa poco común para los parroquianos del establecimiento.
De pronto su corazón dio un vuelco, sin aviso entró su pasado, vestido de presente en púrpura y un futuro incierto. Indiferente, con la cara en alto la bailaora daba vueltas entre la gente, perforando el alma del monje con sus ojos negros, grandes y delineados. Por unos minutos no se apartaron la mirada por ningún motivo, ella seguía desplazándose bajo la luz, segura en el escenario, incitando a la conquista, estableciendo su control.
Un pasón de saliva, un trago a fondo con la caña, una bocanada de aire… todo eso fue necesario después del primer rasgueo, después del tintinar de las castañuelas y el poder de los zapateos iniciales. Ella había dejado de verlo, pero no era necesario ya el contacto visual, habían establecido ya un momento íntimo y el resto de los presentes se teñían de gris, ahora sólo quedaba el tablao, la barra y dos enamorados.
Durante 45 minutos ella le hizo el amor sin tocarlo, desbordó todo su arte sólo para complacerle y el correspondía con una sonrisa sincera entre espacios. La serenidad en los ojos del monje bastaban para enfocar la existencia de esa musa, que hacía mucho tiempo atrás había dejado de tener cosas por perder.
Una ola de aplausos, espasmos y 7 erecciones entre los asistentes cerraron la actuación. Ella salió de la luz y se dirigió a la barra, pidió un tequila y dijo en voz alta.
… “Llegas tarde, siempre llegas tarde”…
…“Quiero inventarme otro final, aquel no pudo ser nuestro último momento”… contestó con quizá el último sollozo que le quedaba en los pulmones.
Tomo de golpe el tequila, pidió otro y lo bebió más rápido aún que el anterior…“Como dije, siempre llegas tarde”…
Y después se peridó en la noche dando tumbos. Mientras el monje termino su caña, hizo un nudo en su cinturón y se marchó.
Yo vi todo desde el balcón de un edificio contiguo, prendí un cigarrillo que traía en mi camiseta y escribí las primeras líneas de la noche con la pluma fuente del abuelo.
“En los caminos de la noche es sencillo encontrarse de frente a tus peores miedos, y si los enfrentas de lleno terminarás encontrándote a ti mismo. Hoy la poesía pagana de un baile ha dejado a un hombre sin dudas y a una mujer con una nueva vida”.


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